Hace varias décadas leí un libro que cambió mi forma de mirar los negocios: *La Meta*, de Eliyahu Goldratt. A través de la historia de una fábrica en problemas, entendí algo que después encontraría una y otra vez en empresas de todo tipo: no importa cuánto trabaje un equipo si existe un cuello de botella frenando todo el sistema.
Hoy, una de mis principales actividades es desarrollar procesos de ventas. Y muchas veces encuentro empresas con buenos productos, vendedores comprometidos y suficientes oportunidades, pero con cotizaciones que nadie sigue, clientes que deben repetir la misma información, respuestas que llegan tarde y prospectos que desaparecen sin que nadie sepa exactamente por qué.
El problema a veces es entender dónde se rompe la experiencia.
Cuando identificas los cuellos de botella y los puntos de fricción, dejas de repartir esfuerzos a ciegas. Puedes ver si el problema está en la prospección, en la velocidad de respuesta, en la propuesta, en el seguimiento o en lo que ocurre después de cerrar.
Ese diagnóstico permite mejorar el proceso, pero también algo más importante: permite cuidar mejor al cliente.
En mi opinión, el mayor objetivo de una venta no es cerrar una operación. Es crear una experiencia tan clara, sencilla y valiosa que el cliente sienta que tomó una buena decisión desde el primer contacto.